El tercer hombre: al son de la cítara de Anton Karas.
La cítara de Anton Karas es el punto de partida hacia una trama envolvente que hurga en los cimientos del alma humana. En esta cinta, se da todo lo bueno y todo lo malo del ser humano: amistad, amor, traición, ambición, lealtad y miedo. La fotografía en blanco y negro de Viena es soberbia, y esta te transporta hasta la capital austriaca, en cuyo subsuelo se esconden múltiples callejones y ríos de agua putrefacta, por donde se decide la vida de los contrabandistas.
Todos los actores, sin excepción, están a la altura del guión escrito por Grahan Greene. El desarrollo, clímax y desenlace funcionan tan perfectos como un reloj de cuco. Según el personaje de Orson Welles, ese reloj es el resultado de 500 años de democracia en Suiza. Esta celebre frase dice así:
-Vamos Holly, no estés tan triste! En Italia durante los treinta años de los Borgia hubo guerras, terror y derramamiento de sangre. Pero también tuvieron a Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza vivían en amor fraternal: quinientos años de democracia y paz.
¿Y que resultó de todo eso? El reloj de cuco-
Brillante frase, a la vez que beligerante. Es como una suerte de apología de la violencia.
La escena del tren se tuvo que rodar en el subrepticio, por no permitir las tropas rusas que rodaran en la estación, cuya ubicación era controlada por los soviéticos. A mi juicio, las películas de cine negro son las únicas, que como el buen vino, saben envejecer con el tiempo. Sino, ahí están los casos de filmes como -Casablanca, El halcón maltes, El sueño eterno o El cartero siempre llama dos veces( Versión de 1946), para atestiguar mi tesis. El tercer hombre: magnífica película a la vez que imperecedera.
Crítica de Pablo Serrano